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Diario veraniego

Estàndard

El pasado verano me despedí de las mini-vacaciones que hacemos desde que mi madre y el señor Alzheimer viven con nosotros. Cada año el deterioro cognitivo y físico avanzan con más rapidez. La medicación ya no frena el avance de los daños colaterales: perdida de memoria inmediata, recuerdos del pasado que desaparecen, seres queridos que ya no puede recordar ni reconocer en las fotografías familiares, preguntas obsesivas por temas como por ejemplo, preguntar la hora cada dos minutos después de haber consultado su reloj, para confirmar que sigue funcionando y sigue marcando la hora correcta. Si a esto se le añade la falta de control ocasional, de algunas funciones metabólicas, la cosa se hace bastante engorrosa y ya tenemos todos los ingredientes para no animarte ni ilusionarte por salir de la “zona comoda”. Con este panorama por delante pensamos que ya no podríamos salir de nuestro encierro casero.

¿Que podíamos hacer? Coger el mismo apartamento en Calafell? Imposible, después del “incidente” en la piscina del ultimo verano. ¿Un hotel? demasiado barullo de gente, los tres en la misma habitación, problemas con las comidas de fritanga y rancho cuartelario. Totalmente inapropiado. ¿Coger un apartamento sin piscina, con la única opción de bajar a la playa? Tampoco podíamos por los problemas de movilidad de mi madre. ¿Que nos quedaba? I alguien dijo: ¿y si cogemos un bungalow en el camping de Santa Susana? Yo al principio creí que se trataba de una broma, pero poco a poco fuimos analizando los pros y los contras. ¿Un bungalow para nosotros tres con dos habitaciones individuales? Bien! ¿Con piscina? Bien!  Siempre podríamos bañarnos por turnos. Recordaba que la playa no era una maravilla, ya que estaba formada por pequeñas calas con rocas y poca arena, y muy mal camino para acceder, pero siempre podríamos dar un remojon a los pies de la abuela en la playa larga fuera del camping. Y al camping que nos vamos.

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Carta de una cuidadora

Estàndard
soledadMi querido Diario, 
No puedo más. Estoy agotada. Soy la pequeña de cinco hermanas y la única que, cuando en su día mi madre fue diagnosticada de Alzheimer, asumió su cuidado a tiempo completo. Yo antes tenía una vida, ¿sabes? Mis aventuras, mi grupo de amigos, vivienda propia (de alquiler) y un pequeño negocio que me daba lo suficiente como para poder vivir con sencillez pero sin preocupaciones. Lo que se dice una vida corriente. Algo aburrida, quizá. Pero era mi vida. Mi vida, mi tiempo, eran míos. Y ahora, no sé qué ha sido de ellos. Intento no quejarme. Aunque en estas últimas semanas lo hago bastante. Me ahogo. Me asfixio. Estoy de mal humor. Y me irrito con facilidad. Supongo que estoy quemada, cansada, sin aliento. Pero, ¿qué otra solución tengo aparte de seguir cuidando de ella? El dinero no da para mucho más que vivir. Vivimos de sus pequeños ahorros, de los pocos que yo tengo -que cada vez son menos-, y de su jubilación y pensión de viudedad. De eso no me quejo. Aunque no pueda pagar a alguien para que esté con nosotras todo el día. Otros lo pasan peor que yo. Estoy convencida. No quiero parecer una desagradecida con lo que la vida me ha dado. De lo que me quejo es de lo sola que estoy, de lo sola que me encuentro. No quiero ingresar a mi madre en una residencia pública o meterla en un centro de día. No deseo verla en ninguno de ellos. No es que no crea que necesito ayuda para cuidar mejor. Es que la ayuda que pido no se me ofrece.

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