Le Voyeur

Estàndard

piso antiguoUn hombre sube las escaleras lentamente. Alza primero un pie, cuando está bien aposentado sobre el peldaño sube el otro pie. Impulsa su cuerpo agarrándose con fuerza a la barandilla para realizar la dura ascensión. No es por la edad, no está enfermo, todo lo contrario. Es un hombre de edad madura, pero siempre ha practicado deporte y llevado una vida muy sana. Su rostro tiene un semblante relajado, inexpresivo. Puede que la palabra para definir aquel rostro sea ausente. Sus movimientos lentos recuerdan a los de un autómata.

Finalmente llega a su rellano en el quinto piso, donde se encuentra con cuatro puertas con su correspondiente numeración: 051-052-053-054. La suya es la 053. Realmente es un tercero pero también ha tenido que subir el entresuelo y el principal de aquel viejo edificio donde acaba de alquilar un apartamento.

Lo que antiguamente había sido un edificio donde en cada rellano habían dos viviendas, fue vendido por los herederos del antiguo propietario,  junto con los pocos inquilinos que quedaban a un fondo buitre. Estos a su vez, acabaron expulsado a los viejos inquilinos que quedaban, instalando en los pisos vacios personas con hábitos poco saludables y con costumbres ruidosas o muy belicosas. Los que resistieron, tuvieron la desagradable sorpresa al finalizar el contrato de arrendamiento, que les subían el alquiler en un 100%. Cosas del mercado, decían. Si lo quieres paga. Y si no puedes, te largas.

Las dos viviendas de cada rellano se han convertido en 4 apartamentos turísticos con un salón, cocina-americana y un dormitorio con cuarto de baño. Los muebles comprados en una gran superficie sueca son escasos e impersonales.  Solo una gran ventana en el salón que da a un patio de luces, aporta un poco de luminosidad.

El hombre no lleva equipaje, solo una bolsa deportiva que deja caer lentamente en el suelo, mientras con una mirada rápida abarca el conjunto de la habitación.

Ha decidido suicidarse.  Su vida ha dado un giro como cuando le damos la vuelta a un calcetín.  Perdio su trabajo en la gran multinacional donde trabajaba como director de departamento, su mujer le abandonó llevándose a su hija y el divorcio lo ha dejado sin recursos económicos. Ya no puede seguir llevando el mismo ritmo de vida. Sus amistades le han dado la espalda. Ya no forma parte de su “circulo”.

Lo tiene todo organizado. Esta noche saldrá a cenar al mejor restaurante de la ciudad, será la última cena. Después, cuando vuelva al apartamento, tiene previsto tomarse una botella de coñac, un buen coñac, se fumara el último habano que le queda y a continuación tiene decidido arrojarse por la ventana que da al patio interior. Si el coñac no le da suficiente valor para saltar, también tiene un plan B, que consiste en tomarse un coctel de barbitúricos. De una manera u otra esta noche dirá adieu.

Ha llegado el momento. Lo tiene todo dispuesto. El cuarto de baño tiene un yacusi. Un lujo que no se esperaba. Se dará un baño relajante antes de emprender el largo viaje, saboreando el coñac copa tras copa. Mientras se va llenando el yacusi oye unas voces que van subiendo de tono. Resuenan por todo el apartamento, pero donde se oyen con más claridad es en el baño. El motivo es el conducto del aire acondicionado que debe estar conectado entre los cuatro pisos del rellano.

Son dos hombres que discuten al parecer por una mujer. Parece que uno es el marido y el otro el amante. Esto no pinta bien. Toma asiento sobre la tapa del inodoro para seguir escuchando. Las voces suben de tono. Insultos. Algo de cristal se ha roto. Se oye un golpe seco, como si hubiera caído un saco de arena al suelo. Luego nada.

Se le presenta la disyuntiva de llamar o no a la policía. No le interesa. Mejor seguir con su plan. ¿Porque preocuparse por alguien a quien no se conoce? De repente otras voces atrapan su atención. No son voces, son gemidos. También llegan por el mismo conducto. Esta vez los gemidos son de mujer seguidos de un jadeo y un ruido acompasado. Recuerda esos gemidos. No es posible. ¿Es su mujer? Mejor dicho su ex.

Esta vez sale del apartamento para llamar a la puerta de donde salen los gemidos. ¿Qué puerta será? Los cuatro apartamentos están comunicados por el conducto del aire refrigerado. Llama a la 051, no abren. ¿Sera donde ha oído la pelea y el golpe seco? Llama al 052. La puerta se abre y asoma una mujer en ropa interior, pero no es su ex. Se disculpa con el argumento de que se ha equivocado de puerta. ¿será la 054?. De repente se da cuenta que su curiosidad no tiene ningún sentido. El está ahí con otra finalidad. Vuelve a su apartamento, pero sus pasos lo llevan de nuevo al cuarto de baño. Quiere asegurarse de que no es su ex. Pero las voces ahora han cambiado.

De nuevo es la voz de una mujer. Habla por teléfono. Dice que se va a suicidar. Pero bueno, ¿es que hay epidemia de suicidios? ¿Todo el mundo se ha puesto de acuerdo para suicidarse esta noche?

Sigue escuchando. Se prepara una copa de coñac y enciende el último habano que le queda. Al parecer la mujer está hablando con alguien que la quiere disuadir. Ella, entre sollozos, sigue justificando los motivos que tiene para poner fin a su existencia. Oye como suplica al interlocutor que está al otro lado del teléfono que se haga cargo de su hijo.

De nuevo sale al rellano dispuesto a evitar que aquella mujer haga una locura. La misma locura que él está dispuesto a ejecutar en cuanto deje de oír todas aquellas voces que no dejan que se concentre en su propia tarea. De nuevo llama al 051. Siguen sin abrir. Se teme lo peor, pero no piensa llamar a la policía. En el 052 ya sabe que hay una mujer en ropa interior y por su rostro no parecía estar a punto de suicidarse. Solo le queda el 054. Llama. No abren. Vuelve a llamar más fuerte. Esta vez se abre la puerta lentamente. Es ella. Un rostro anegado de lagrimas, unos ojos enrojecidos, unas manos temblorosas y un hilo de voz que le pregunta ¿que quiere?….el le ofrece la copa de coñac que lleva todavía en la mano y le responde ¿hablamos?.

 

Rosa C.L.

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