El regreso

Estàndard

Habían transcurrido muchos años desde que mis padres nos llevaban a veranear al camping La Ballena Alegre de Castelldefels. Y ahora me encontraba de nuevo, instalada en un móbil home de segunda mano con mi familia en aquel mismo lugar que tan malos recuerdos me traía.

Era final de temporada y habíamos quedado con unos amigos para celebrar la castañada o mejor dicho, la fiesta de Halloween. Había muy pocas roulotte en el camping. Y de nuevo volvió a ocurrir. La vi de nuevo y me causó el mismo terror que la primera vez. Aquella noche,  mi hijo mayor  había salido a tomar unas copas con sus amigos al pueblo que se hallaba a poca distancia del camping. Estábamos ya acostados, cuando sentí un aliento cálido  sobre mi rostro y una respiración entrecortado.  Abrí los ojos sobresaltada y vi a mi hijo pequeño de pie, frente a mí, mirándome fijamente. Quería hablarme, pero las palabras no salían de su boca.

¿Qué ocurre? –le pregunté

-Mama ahí afuera hay una mujer que no toca con los pies el suelo.

Me levante rapidamente y mire por la ventana por la que mi hijo decía haber visto a la mujer, pero no vi a nadie.

-Mama, te juro que la he visto – exclamó mi hijo, todavía con el rostro desencajado.

-Flotaba en el aire y parecía que iba sin ropa, pero no se movía. Estaba mirándome fijamente .

Yo sabía que no mentía,  porque ya había visto aquella mujer en otra ocasión. Aquella vez nadie me creyó, ni siquiera mis padres. Volvía de la playa junto con un chico de mi misma edad que también estaba veraneando con sus padres. La primera vez, me pareció ver  el haz de luz de un foco que pasó rápidamente barriendo la arena. De nuevo lo vi, cuando ya me dirigía a la tienda que mis padres tenían instalada en el camping.

Esta vez pude observar que lo que me pareció un haz de luz era una mujer que no tocaba el suelo y se deslizaba suavemente como una brisa. Su cuerpo desnudo, estaba perlado de gotas de agua que se deslizaban lentamente sobre su piel azulada. Sus cabellos negros y lacios estaban pegados a un rostro enjuto de rasgos afilados. Lo que más destacaba de aquel rostro eran sus ojos. Unos ojos que me miraban fijamente. Y entonces aquella aparición se abalanzó sobre mí y noté unos dedos que oprimían mi garganta. Dedos huesudos que se clavaban en mi carne como garfios.

Perdí el conocimiento. Al despertar estaba en el suelo, a la entrada de la tienda, mis padres todavía no se habían despertado. Los desperté y les explique lo que había sucedido. No me creyeron, pese a les señales enrojecidas que mostraba mi cuello. Tuve pesadillas durante mucho tiempo. Me llevaron a un psiquiatra quien finalmente me convenció de que,  aquella visión y el desmayo posterior,  no había sido más que el producto de mi imaginación, reforzado por la experiencia de haber fumado aquella noche, mi primer canuto en la playa. Pero yo sabía lo que había visto y lo que había sentido. Y ahora la historia se repetía con mi hijo.

Se lo explique a Juan, mi marido,  una de las pocas personas que había  creído en mi historia y recogimos rápidamente nuestras pertenencias. Nos despedimos de nuestros amigos, con una excusa tonta y banal.  Mientras Juan acababa de cargar nuestros enseres en el coche, fui a la recepción para pagar la factura. La persona que me atendió, era el mismo propietario del camping que había aquel maldito día. A su espalda un dibujo al carboncillo, mostraba el rostro anguloso de una mujer de larga melena oscura. Sus grandes ojos me miraban fijamente.

-¿Quién es? –pregunte con un hilo de voz.

-Mi mujer – respondió-

-Murió, se ahogo en el mar.

-Ayer fue el aniversario de su muerte.

Nunca más he vuelto al camping. Sigo tratamiento con un nuevo psiquiatra y a mi hijo le he convencido de que tuvo una pesadilla. Una mala pesadilla.

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